domingo, 5 de junio de 2011

Diario peligroso. Día 24.



Soy el dueño de una casa vieja. Por lo menos, eso dice mi padre que se ha dispuesto a heredármela sin más mérito que el de ser hijo suyo. Sin papeles que digan otra cosa, la casa sigue siendo del viejo, pero ahora es en cierto modo mía, como mía también es la responsabilidad de  decidir sobre su destino. Por su estado, la casa necesita mil y un remiendos: una nueva mano de pintura, un nuevo techo y también nuevos aires, quizás otras ideas que devuelvan el brillo que sus más de treinta años han terminado por quitarle. En la casa se quedan mis recuerdos. La infancia de temores, ansiedades y retraimientos, tanto como mi adolescencia atolondrada; los juegos de los años de escuela, así como las rencillas inevitables con aquel que competía por las canicas, el mejor de los trompos, el escondite mejor en las noches de juegos. Se quedan, también, aquellos rostros: la vieja E., sola y triste por la ausencia de un hijo que la ignora y doña S., especialista en llevar a mi madre los chismes "recién salidos" de la cuadra. Se queda doña J., altiva señora que siempre miró con desconfianza a esa banda de críos disparejos en que nos convertimos los hijos -eternos rivales de sus nietos- de mis padres y también doña R., cuyos ojos verduzcos y cuyo andar coqueto nos hablaban de un pasado de juvenil prestancia, de belleza sin par, y de una vida arruinada por vivir bajo el techo de un borracho. En la casa se quedan los ecos de pleitos entre hermanos, entre esposos que a ratos no se soportaban y los escarceos del amor, del vouyerista aquel que creyó en que su vecina -la resbalosa G.- tenía los pechos y las curvas más excitantes del planeta. Todo se queda allí, junto con mi perplejidad ante su estado ruinoso, su invendible presencia que atestigua la transformación del pueblo y, quizás, su silente dolor ante nuestra partida inevitable. Mirándola, como la miro cuando regreso a ella para intentar restaurarla, no puedo sino acordarme de aquel célebre poema, Últimos días de una casa, de Dulce María Loynaz, la genial poeta habanera:

                        Y es que el hombre, aunque no lo sepa,
                        unido está a su casa poco menos
                        que el molusco a su concha.
                        No se quiebra esta unión sin que algo muera
                        en la casa, en el hombre...O en los dos...

Supongo que algo ha comenzado a quebrarse en aquellos que alguna vez poblamos ese pequeño espacio que ahora guarda sólo polvo. Y una memoria de ausencias.

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