jueves, 19 de agosto de 2010

Diario peligroso. Día 3.



Curioso: anoche tuve un sueño que no ha dejado de intrigarme. Soñé que mi padre no era en realidad mi padre y que, enterarme de ello, me sometía a una abismal angustia. En el sueño yo increpaba a mamá por el engaño del que me habían hecho víctima todos estos años. Odiaba concebir la idea de averiguar la identidad del hombre que me había engendrado, así que lo que en un principio fue una bruma de imágenes absurdas, después cobró la forma de una verdadera pesadilla. Luego desperté. Para desterrar de mí el peso de aquel sueño, por la tarde visité a mis padres. Allí, en casa, estaban los dos. Ocupados y sonrientes, ajenos por completo a la inútil congoja de su hijo.

lunes, 26 de julio de 2010

Francisco Magaña: una voz y un paréntesis

                                                          

Francisco Magaña, Una voz que nos dejó el exilio, México, Ediciones Sin Nombre, 2010, 65 pp.

De qué voz habla Francisco Magaña en Una voz que nos dejó el exilio, el más reciente de sus libros? ¿Cuál es ese espacio –mítico, resueltamente real– al que el exilio del título refiere? Uno traspone los primeros versos de este que, dentro del contexto de la obra del autor de Las memorias de agosto, bien podría pasar por un breviario para descubrir que en él hay una voz, una manera de forjar la textura del poema, pero no un exilio. No en el sentido previsible de lo que semejante palabra supone. En todo caso, el exilio, o la idea que Magaña procura de él para este título, es resultado de una acumulación de procedimientos, de atmósferas que casi asfixian de tan ceñidas a la experiencia individual y de una sensación de desamparo ante esas realidades inasibles que son parte del espectro autoral de sus creaciones. Dios, el amor y su ausencia, la fugacidad de cuanto existe se asoman aquí para confirmar que, detrás de las palabras, late un poetizar que insiste en repetirse –en regodearse, se diría– en un sino asimilado en la escritura.

Hay una voz, por tanto, en la obra entera del poeta Magaña. Hay también, sospecho por mi cuenta, una, por momentos, confusa recepción de su poesía. No: no puede ser tildado de religioso un poema, sólo porque la palabra Dios se reparte entre sus versos como fórmula añeja. Buena parte de la obra de Magaña es religiosa, cierto, pero de una religiosidad que funde –así ocurre de manera particularmente intensa en Una voz…– un franco misticismo pagano con una enunciación lírica de vuelos no pocas veces felices. Compárense, por ejemplo, los siguientes versos de un poema de Antorchas (1999)

                                                       Con la caricia quedamos
                                                       sin reposo y sin perdón

                                                       Alguien tiene que saber
                                                       del silencio de tu abrazo
                                                       alguien tiene que dejar
                                                       la tierra y las vidas todas
                                                       alguien que aprenda la dura
                                                       mísera verdad del alma

con estos que años más tarde el poeta recogería en Corazón de pies cansados (2006):

                                                            Con estas manos
                                                               que conocen
                                                          la fuga de tu cuerpo
                                                               he de guardar
                                                         la noche temblorosa
                                                            de la primera vez
                                                      la brisa que nos desposó
                                                       y la pena de un esfuerzo
                                                             que se diluye
                                                               al germinar
                                                                   el día.

Poeta de la concentración y del arrebato, del goce que prefiere la soledad asceta y del tanteo formal que no cesa de manifestarse en cada título suyo, la obra de Magaña parece reproducir en una escala ampliada el conflicto que los dos poemas anteriores trazan con fortuna. Por un lado, la voz que se vuelve hacía sí misma, la contemplación vuelta diálogo y por momentos historia; por otro, el devaneo del amor, la pasión y la carne, tantas veces redimida por el peso insoportable de la culpa. Si con la primera de esas dos vertientes los lectores asistimos a la embriaguez de una fe que, en medio de contadas referencias a sus ritos, nunca llega a pronunciar su nombre –en un sentido estricto, la voz que habla en los poemas de Magaña es una voz enamorada del Absoluto–, con la segunda presenciamos los restos que la ausencia y el silencio desperdigan a su paso por los territorios que el amor habitó en eras pretéritas.

Una voz que nos dejó el exilio es, en ese sentido, una breve expresión de lo eminentemente propio de Magaña. Convergen en él poemas que parecen enigmas cifrados en breves líneas y largos versículos en los que una voz en primera persona se entrevera con un nosotros –protagonistas irrecusables de ese exilio interior vivido desde un yo magnificado. Pequeño muestrario de una ascesis plagada de mundo y de incontinente melancolía (El rezo me encontró decapitado con un sabor a incienso/ entre las venas; pronunciando tu nombre/ antes y después de todos los nombres), de atisbos que conducen a inesperadas visiones epifánicas (Hay una flama/ en la entraña del día/ mutilada en el olvido/por un reflejo nocturno/ Como una resurrección/Como un corazón a solas), el volumen es también una prueba de voluntad autoral por hallar cauce a un torrente que va de aquí y de allá, repitiendo con gozo lo que de un modo u otro ya  ha dicho. Hay una voz -qué duda cabe- en este libro: es fiel a quien lo ha escrito como el que, talvez, abre un paréntesis en medio de su escritura para imaginar con deleite la travesía que sigue.

viernes, 25 de junio de 2010

Diario peligroso. Día 2.



La noche en los dominios de la madrugada. He llegado a este hotel después de un largo viaje, transcurrido sin mayores contratiempos, hasta Cancún, en la última punta de México. Desde mi ventana, la avenida Tulum, una de las más conocidas de este frecuentado y contradictorio paraíso terrenal, pareciera negarse a sucumbir a los estragos que la soledad de las calles le estampa. Apenas dos o tres empleados de una gasolinería próxima asoman sus miradas a la larga avenida. Parecen no saber por qué, pero es probable que sepan que algo está ocurriendo mientras la ciudad de la eterna diversión, del eterno sol, del mar eterno en su turquesa transparencia aparentemente se repone después de un día brumoso. Cancún que, desde siempre, se ha quedado en las manos  que acarician los dólares y los gastan con generosidad exhorbitada en los Meliá, en los Marriott o en los Royal Sands, es la misma Cancún de los cientos de miles que viven, no para ver el mar, sino -por momentos- para padecerlo. Ciudad partida irremediablemente en dos. Tanto hermoso mar repartido entre pocos; tanta necesidad puesta al servicio de quienes pueden pagar a rienda suelta sus antojos. Vine a Cancún por unos cuantos días. No hace falta quedarse mucho tiempo en la ciudad para encontrar en el ambiente una porción de ese México enfrentado inútilmente en la política. Los cientos, quizá los miles de panfletos, de posters que promueven la figura de algún candidato sonriendo con sonrisa beatífica afean esa porción que nunca (¡ni quien se atreva a imaginarlo!) habrá de aparecer en las imágenes que de este paraíso se muestran a nuestros benefactores, los turistas. En este punto alguien por la televisión emite un ¡gooooool! que me saca de mi contemplación de la noche cancunense. Descorro las cortinas de mi habitación ubicada en el quinto piso. Me dispongo entonces a seguir mirando la repetición de un partido del mundial de futbol, celebrado en Sudáfrica, como aquel que se entrega al  goce altísimo de terminar el día encomendado a los nuevos santones que el mundo se ha inventado.

lunes, 7 de junio de 2010

Un poema


Palabras para una mutación

Juguemos a cambiar de piel y de senderos.
A perturbar la luz y a cegar en la mirada
Los últimos destellos del cristalino.
Juguemos a ocultar bajo un dosel de niebla
Que abraza nuestros gestos la dulzura
–señal de capitulación ante la nada–
Y a cambiar las reglas del silencio
Como invictos aferrados al vacío.
Unzamos, siempre en señal de franco
Consentimiento, a las palabras,
A las necias palabras que trepan por nosotros
como al borde de un desfiladero.
Cerremos, al fin, los ojos a la penumbra ciega
Que implica no encontrar el camino de regreso.
Contentémonos con descubrir que,
En el centro de todo, estaremos nosotros:
Nosotros los que una vez soñamos
Con la gentil sobrevida.

martes, 1 de junio de 2010

Diario peligroso. Día 1.



Mayo se ha ido. El mes se esfumó con su carga de afanes inconclusos, con su promesa vaga de días memorables y con la pesadumbre de otras treinta y un fechas descontadas al calendario. Mayo me ha sorprendido tratando de entender por qué demonios la vida a últimas fechas se ha vuelto tan compleja y peligrosa, lo que equivale -ahora lo veo- a preguntarme por la extrema dificultad de confiar en los otros. Porque ahora el riesgo es creer en demasía. El peligro inadvertido es, hoy más que nunca, fiarse.

Hace poco más de un mes renuncié a mi empleo. Diré, para inventar una explicación que suene convincente, que dejé de creer en los jefes, en la absurda carrera que conduce a subir los peldaños de la escalera corporativa. En el fondo talvez lo hice porque -víctima, como soy, de los tiempos que vivo- también dejé de creer en promesas que nunca sabré si cumpliría. ¡Adiós empleo! Prefiero una actividad independiente, el susurro de la literatura y de los días que no saben de horarios al destiempo que suponen una carga infame, el tráfico y la rutina.

Mayo se fue con sus calores. Con la idea sembrada en mi cabeza de que Tabasco -el lugar donde vivo- padece un bandidaje que lo asuela inmisericordemente. Si debo llamarlo por su nombre lo escribiré con todas sus letras: el mal de Tabasco se llama bandidaje en el gobierno. Ya Mancur Olson (1932-1998), célebre economista estadounidense, plasmó en su obra póstuma Poder y prosperidad (Oxford University Press, 2000) los perfiles de esta gangrena. Los bandidos gubernamentales asumen el poder y dicen: "¡tomemos y robemos para nuestro bien cuanto se pueda! El pueblo subsistirá con lo que estrictamente necesite". 

Tal la miope y empobrecida mentalidad de la rapiña. Tal nuestra aparente condena. Si tan sólo se enteraran nuestros tristes y caricaturescos "bandidos" que el progreso civilizatorio ha ido de la tiranía a la democracia, no sin antes pasar por los incentivos para el buen gobierno que el mismo desarrollo fomenta...