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jueves, 26 de julio de 2012

Mario De Lille, el adiós de un Quijote*

 
Una de las últimas veces que tuve el privilegio de hablar con el entrañable amigo que fue Mario De Lille ocurrió con motivo del homenaje que la Sociedad de Escritores Letras y Voces de Tabasco le rindiera el mes de abril pasado, en el marco del encuentro literario organizado por esa sobreviviente organización de escritores tabasqueños. Don Mario hablaba y se movía con la dificultad propia de quien enfrenta una severa conmoción orgánica, pero era evidente que ningún impedimento físico que pudiera entonces estar atravesando se interpondría entre sus palabras y las mías, entre su ser lastrado por la enfermedad y mi asombro ante su férrea resistencia frente el cáncer que lo aquejaba.
 
“Hábleme, por favor, de Solamente yo quedo”, le dije. La novela de don Mario era el motivo que yo había escogido para cumplir con el compromiso asumido con los amigos de la Sociedad de Escritores (quienes me habían confiado una especie de “conferencia de apertura” al Encuentro hecho en su honor), así que conociendo, como creo conocer, mis limitaciones para hablar con autoridad de la obra completa del autor de Tropicalia, decidí interrogarlo sobre su novela laureada en 1986 con el premio nacional Justo Sierra O’Reilly. “Escribí esa novela porque antes de ella sólo escribía cuentos” –respondió– “Un día Fernando Nieto Cadena, que era quien coordinaba el taller literario del Instituto de Cultura, me dijo que mis cuentos comenzaban a ser repetitivos y que debía probar con una estructura más larga para volcar allí mucho de lo que por entonces estaba escribiendo.” Así había nacido, me dijo explícitamente, aunque en medio de su voz ahogada, la idea por la que se descubrió a sí mismo novelista.
 
Mirándolo allí, en la sala de su peculiar casa (peculiar por el diseño tal vez inspirado en la llamada arquitectura sustentable, con su respeto por el uso de materiales propios de esta región tropical, con su luz entrando a raudales por las grandes ventanas y con la ventilación a flor de piel, gracias a su proximidad con la Laguna de las Ilusiones), don Mario me pareció, como nunca antes, el vivo retrato de un Quijote. ¿Qué llevaba –me pregunté– a un hombre como él a dar tanto a cambio de tan poco? ¿Qué secreto resorte lo impulsaba a permanecer de pie y a estar atento, aun en medio de su trance, del curso que llevaba, por ejemplo, la Escuela de Escritores José Gorostiza, el que pudiera ser considerado el más grande de sus logros en la arena de la promoción cultural y literaria? Acostumbrado como estoy, por deformación profesional, al balance entre beneficios y costos, entre ganancias y sacrificios, jamás podré entender del todo el sacrificio de un prestigio como el suyo en el terreno de la arquitectura, a cambio de un incierto porvenir en el mundo, tantas veces fatuo, de las letras.
 
Don Mario me hablaba a duras penas aquella tarde de sus admirados padres en el ámbito de la novela (de Rulfo, me dijo, creía haber tomado la atmósfera pesadillesca de Solamente yo quedo; de Fernando Nieto, su mentor, el tono irreverente y mordaz que le permitió atreverse a hacer lo que hizo con el lenguaje en ese laureado libro suyo), pero yo sólo adivinaba detrás de sus cansadas y silabeantes respuestas el camino recorrido para llegar a semejantes convicciones. “En el fondo –decía– yo he sido alguien muy desordenado.” Aquello que sonaba más bien a una confesión pretendía responder convincentemente a mi pregunta de las razones por las que Tropicalia, su segunda novela, se tardara tanto en aparecer, una vez conseguido el debut como narrador con todas las de la ley.“Escribo sólo cuando he tenido las ganas para hacerlo. Por eso me la he pasado publicando una novela acá, un poemario allá, después un cuentario…nada que no fuera saliendo cuando tenía tiempo y fuerzas.”
 
Visto con la distancia necesaria, tal vez alguno de los libros de Mario De Lille encuentre un sitio memorable entre la narrativa tabasqueña. A él, como buen poseído por los demonios de la sobrevivencia literaria, eso de algún modo le preocupaba. Al término de nuestra charla, el viejo entrañable me despidió sonriente con el encargo, implícito, de hacer una lectura honesta de Solamente yo quedo. “Espero que me ayudes un poco a entender por qué esa novela podría valer la pena”. A las pocas semanas de mi visita a su casa, don Mario murió. Lo que sigue es –acaso– el esbozo de una lectura incipiente. Una invitación a honrar, en los hechos, a un amigo ejemplar que bien pudo haberse ganado, en plenitud de facultades, el indiscutible título de moderno Quijote de las letras tabasqueñas.
 
* Texto leído en el homenaje póstumo a Mario De Lille organizado por el Instituto Estatal de Cultura, en el marco del VI Encuentro de Escritores Andrés Iduarte. El texto precedió a la lectura de "Solamente yo quedo, a propósito de cierto homenaje", escrito con motivo  del Encuentro que la Sociedad de Escritores de Tabasco organizó en honor del escritor en el mes de abril de 2012.
 
 

lunes, 28 de mayo de 2012

La lectura de los signos en la poesía de José Carlos Becerra: Nostalgia de la unidad natural, de Ignacio Ruiz-Pérez.

Ignacio Ruiz-Pérez, Nostalgia de la unidad natural: la poesía de José Carlos Becerra, Instituto Mexiquense de Cultura, México, 2011, 161 pp.

Es útil para una obra literaria que ha logrado constituirse como referente ineludible dentro del contexto de una tradición escritural determinada recibir de la crítica audaces miradas y sorpresivos encuadres teórico-metodológicos. Es sano para la crítica aventurar aproximaciones que trasciendan la mera disección impresionista con el fin de proponer modos alternos de asumir y comprender la obra propiamente dicha en su compleja arquitectura. La poesía de José Carlos Becerra (Villahermosa, 1936-1970) representa desde hace décadas para la moderna literatura mexicana una cima no del todo inexplorada, de manera que cualquier acercamiento riguroso a sus linderos y sus escarpados accesos resultará siempre un ejercicio provechoso.

En Nostalgia de la unidad natural, Ignacio Ruiz-Pérez (Tuxtla Gutiérrez, 1976) se propone examinar la obra poética del tabasqueño bajo una óptica que trasciende a las "primerísimas aproximaciones" de casi todo lo escrito hasta ahora en torno a Becerra (incluidas, entre ellas, las lecturas de Paz, Zaid, José Joaquín Blanco y Álvaro Ruiz Abreu), recurriendo fundamentalmente, en su propósito, a herramientas de análisis atribuibles a la semántica lingüística. Para Ruiz-Pérez, lo que importa a la hora de hablar del autor de Relación de los hechos (1964) es el sistema de signos que sostiene a cada una de las etapas identificables en su poesía, y para ello se detiene reposadamente en lo que ha denominado "unidades creativas", distinguibles a partir de determinadas preocupaciones autorales y registros lingüísticos.

El ensayo abunda, así, en lo que, según el autor, era la fascinación de Becerra por "la sorpresa adánica, votiva y genésica del sujeto frente a los poderes imaginíficos...de la naturaleza: mar, árboles, animales, cielos, lluvias y antiguos dioses...", así como por "...el conflicto del sujeto cuando dejaba atrás la naturaleza edénica y exuberante para enfrentarse a la modernidad, sus mitos...y sus demoledores aparatos de consumo." Lo que sigue a esta tesis, esbozada en las primeras páginas del volumen, es su demostración correspondiente a lo largo del libro. Para ello, Ruiz-Pérez distingue entre dos grandes momentos de una poesía que parece oscilar entre "la plenitud" y "la pérdida", entre la celebración de esa "unidad natural" -que hace su aparición, a decir del ensayista, en Los muelles, Oscura palabra y Relación de los hechos- y la constatación de esa modernidad aplastante que se despliega en La Venta, Fiestas de invierno y Cómo retrasar la aparición de las hormigas. 

En una primera instancia, Becerra es el poseedor de un discurso poético capaz de nombrar el mundo natural y de hacerlo uno con el cuerpo humano en su dimensión erótica, y en otro instante es la voz que atestigua la disolución de esa unidad cuerpo-materia, disolución que lamentará de modo irremediable de entonces en adelante. La noción de nostalgia, en los términos de la tesis del libro, atiende, pues, al dolor por esa pérdida infranqueable. A partir de ella, el poema discurrirá sobre la posibilidad del retorno de ese tiempo mítico en el que la palabra creaba al mundo y era éste una continuidad del cuerpo, visto desde las potencias creacionistas del poeta.

Es la misma imposibilidad del retorno la que, bajo la óptica de Ruiz-Pérez, permite la comprensión de la segunda "unidad creativa" en la obra del poeta muerto en Brindisi. Perdido el reino donde la imaginación campeaba al punto de igualar naturaleza y alma del hablante lírico, sólo queda dar cuenta de aquella gradual e inexorable descomposición. Entonces aparece la distancia crítica en el poema, aparece la ironía y aparece el conflicto inevitable en el traer a cuento la realidad. Son los poemas de Becerra que cantan -en la mirada de Ruiz-Pérez- al desengaño que produce el acto mismo de nombrar, a la soledad que sigue al amor y a lo absurdo del lenguaje, escindido para siempre del objeto que lo origina. A este segundo gran conjunto corresponden los versos que sitúan a la voz del poema frente a la urbe ("Betania", "Apariciones"), ante la muerte ("El ahogado", "Oscura palabra") y de cara a la avasalladora exposición de los llamados mass media en el imaginario colectivo ("Batman", "Ragtime", "El halcón maltés").

No es, con semejante concentración e intensidad analítica, menor la tarea que Ignacio Ruiz-Pérez ha echado a andar para explicar -y explicarse- un fenómeno literario como el de la poética de José Carlos Becerra. El escudriñamiento de sus signos, la deconstrucción de sus estructuras semánticas y el rigor con que sitúa a la obra del tabasqueño en el contexto de la poesía mexicana contemporánea son ejercicios inéditos hasta ahora entre nuestra crítica, ejercicios que no pueden menos que agradecerse en el imperio ominosamente sórdido de los lugares comunes.


viernes, 20 de enero de 2012

Lo pelliceriano y el lenguaje posmoderno en Venia del sur, de Marco Antonio Acosta


Marco Antonio Acosta, Venia del sur, Editorial Gatsby, México, 2012, 87 pp.

Si uno se preguntara por el peso que la obra de su maestro Carlos Pellicer ejerció durante los primeros años de la tarea poética de Marco Antonio Acosta (Cárdenas, Tabasco, 1934), sólo tendría que acercarse a las páginas de Venia del sur, su libro más reciente, para confirmarlo. El poemario es un recorrido por ciertos tramos de la poesía del escritor cardenense y, al tiempo que se trata de una vindicación de ese lenguaje que Acosta se ha esmerado en cincelar a lo largo de los años con voluntad de orfebre, el volumen es, en su entramado cronológico, una muestra de aprendizaje iniciático y progresivo oficio escritural.

Fechados, los más lejanos en tiempo, a principios de los años cincuenta y los más tardíos a inicios de la década de los ochenta, los poemas, no publicados previamente en ningún otro libro, ofrecen un panorama parcial pero significativo de su obra poética, contenida hasta ahora en sólo dos títulos: Quinteto de cámara (1985) y Ur y otros poemas (1998). La influencia de Pellicer salta a la vista en los versos del entonces joven Marco Antonio Acosta, que lo trató y acompañó a lo largo de varios años, y no es osado afirmar que ciertas resonancias de libros del autor de Estrofas al mar marino y Hora de junio, pudieron haber estimulado en el también ensayista, antologador y promotor cultural la búsqueda temprana de una voz y el tratamiento de ciertos temas, comúnmente tenidos como "pellicerianos". Así escribe el autor de Después del modernismo en el arranque de su nuevo libro:

                             Buscara yo un puerto de albas
                             donde anclar con mi barco
                             encontrara una isla donde esconder
                             el tesoro de mis aventuras
                             encontrara un mar de olas plateadas
                             por la luna del cuento...

El mar, motivo prominente de la estética de Pellicer, presente también en los versos del Marco Antonio Acosta que apenas frisaba para entonces los veinte años. Donde Pellicer escribe "¡Ay, poesía/ que te vienes a bañar/ sin saber lo que es el mar!", Acosta convocaba a los poemas por su constitución emparentada con el misterio del mar infinito: "...amar es encontrar oh Poesía/tus palabras recientes/ tu misterio marino/tu canto de sirena..." Por otro lado, en un buen tramo de esta poesía primera, algunos elementos evidentes de la composición pelliceriana (el sol, la figura de la madre, el canto al héroe) se constituyen en muestras de asimilación y apropiación temática: Marco Antonio Acosta los reelabora y los nutre a partir de lecturas adquiridas, principalmente, del orbe hispanoamericano surgido tras el fin del movimiento modernista.

Allí abreva el poeta cardenense que, como el propio Pellicer, se aparta de la grandilocuencia del "canto del cisne" para optar por esos terrenos de valles y cimas que son la poesía intimista y la llamada "poesía social", uno de cuyos más altos exponentes fue en su momento, en Latinoamérica, Pablo Neruda. Ejemplo de ese intimismo pulcramente tratado en Venia del sur es el poema "Más al fondo de mí", ceremoniosa y melódica construcción que expone, como ningún otro poema del conjunto, el oficio de Marco Antonio Acosta para erigir sonoridades verbales sobre las bases del lenguaje.

                       Más al fondo de mí, desde el interior
                       de su república geológica se construye
                       la luz desde los astilleros de mis ojos
                       consagrados al color de los días.
                       Más al fondo de todo lo que antes había:
                       la imagen del sueño traduciéndose
                       por las palabras que bajaban del cielo
                       la trenza de las nubes diluvianas
                       y tú, oh luz, que abriste mis párpados
                       con la mano de un pintor enamorado.

A partir de este posmodernismo distante a los alambicamientos y próximo a la enunciación desnuda, el apartado que el poeta nombra como "Lenguaje cotidiano" reproduce una lengua familiar y simple. El poeta habla desde lo conocido y lo hace llánamente, sin afectaciones. Aquí el loro es un loro, lo mismo que el teléfono es ese simple aparato al cual incendiar "si insiste en aturdir con sus llamadas", o al que hay que cerrar su "radioboca" para que "muerta su voz renazca el hombre". Si el poeta prefiere nombrar sin regodeos lo que su mirada alcanza será porque en el fondo sabe que "...A la palabra hay que sacarla de los/tinacos de las cantinas/de las sacristías/y los arrabales", es porque sabe muy bien que la poesía estará en la sencillez que dialoga confiada con las profundidades del verbo, o no estará en ningún lado.

La veta de lo que se ha denominado poesía social es comprensible en un autor como Marco Antonio Acosta, al tanto de ciertas realidades históricas y políticas de su tiempo. Los poemas del apartado "No lo olvides nunca" hacen clara referencia a unas cuantas coyunturas vividas en América Latina a lo largo de las décadas de los sesentas y setentas y, si por poesía social hay que entender a la que desde una perspectiva ética-moral apela al lector para incidir en su mundo valorativo, hay que leer poemas como "Canción a un desconocido", "Miguel de los Migueles Guardia" y "Juan Chacón" para creer que la poesía se convierte tantas veces en algo más que "un bello estuche para decir verdades amargas".

Venia del sur supone, en resumidas cuentas, una victoria del lenguaje por sobre la sola imitación o el solo acto reflejo de una escritura autómata. Marco Antonio Acosta lo sabe y, para fortuna de quienes lo leemos y apreciamos, lo comparte.

lunes, 19 de diciembre de 2011

La reinvención de la historia patria: ucronías (pretensas) desde el trópico húmedo


Palimpsestos de tierra húmeda. Ucronías de la historia de México, Autores varios, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, México, 2011, 145 pp.

 
¿Qué es una ucronía? La enciclopedia libre Wikipedia señala, textualmente, que "la ucronía es un género literario que podría denominarse 'novela histórica alternativa´, y que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en la realidad" Otra fuente autorizada, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, apunta que el término ucronía es una "reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder."

A partir de tales definiciones, ¿son ucronías las historias contenidas en Palimpsestos de tierra húmeda, volumen publicado por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco con motivo de la conmemoración, en 2010, del bicentenario de la independencia de México y del centenario de su revolución? La respuesta es afirmativa, si se atiende a una u otra de las dos definiciones anteriores; la pregunta no deja de ser válida, si lo que se persigue es clarificar la intención del grupo de relatos conjuntados en el libro. A este propósito, se echan de menos algunas líneas introductorias al contenido; el texto de las solapas adopta como definición de este subgénero de la ciencia ficción la sugerida por Wikipedia, pero es un hecho que no todos los textos se ajustan a esta acepción, asumida implícitamente como criterio editorial. Se dirá que, en última instancia, el goce lúdico de la recreación histórica justificaría la aparición de todos los textos en el volumen, pero eso no condice con la acepción de "ucronía" adoptada, así sea muy a la ligera, por los editores.

La médula, aquí, es el punto en el pasado a partir del cual se "tuercen" los acontecimientos históricos. Ese punto (que, para dar un ejemplo gráfico e inexacto, en Matemáticas podría asemejarse al "punto de inflexión" de una función continua) determina un curso radicalmente distinto a lo ocurrido en la realidad y termina por conducir a lo que, en cierto ámbitos académicos, se ha denominado como Historia contrafactual. Por supuesto, no es el rigor lo que más importa para fines de construir una ucronía; se trata sobre todo de clarificar si, desde el título, el libro desplegará ante sus lectores propuestas imaginativas que indaguen en el "¿qué habría pasado si..." o si, como ocurre en el común de las narraciones históricas, los textos pueden muy bien limitarse a la recreación de acontecimientos y personajes.

En ese sentido, en Palimpsestos...se observan claramente dos tipos de relatos: aquellos que son, en efecto, ucronías y los que (la mayoría del volumen), sencillamente, no lo son. Al primer grupo  corresponden textos como "La corbeta Saratoga", de Ciprián Aurelio Cabrera Bernat, "En previsión de males mayores", de Soledad Arellano y, en un plano que apela a una reinvención extrema –jocosa– de la historia, "Memoria intemporal a favor de una ínsula en Tabasco", de Teodosio García Ruiz. Mientras que Cabrera Bernat se aventuró, después de un largo rodeo histórico-informativo, a imaginar un triunfo conservador en el asedio naval de las fuerzas de Miguel Miramón a las costas de Veracruz, durante la Guerra de Reforma, Soledad Arellano consiguió narrar, con aceptable dosificación de la sorpresa, el asesinato –a manos de un imaginario discípulo de José Eduardo de Cárdenas– de Su Alteza Serenísima, Antonio López de Santa Anna. García Ruiz, por su parte, construye con su relato una historia radical que funde tiempos y circunstancias y que, en sentido estricto, no parte de ningún punto específico de la Historia, tal y como ésta pudo haber ocurrido. Juan de Grijalva, Pedro Infante, Manuel Sánchez Mármol, Madero y Pino Suárez parecen convivir sin problema alguno entre las líneas del relato, lo que lleva a pensar que, más que un ejercicio contrafactual, el autor quiso divertirse en grado sumo a partir de la conjunción de actantes y circunstancias, totalmente disímbolos en tiempo y espacio.

Entre los relatos que, sin ser en stricto sensu, ucronías constituyen piezas apreciables de historias bien contadas, "Con los Dorados", de Guadalupe Azuara Forcelledo; "Las armas del sueño", de Pedro Luis Hernández Gil, y "La cola del diablo", de Bruno Estañol, destacan en el volumen por el tratamiento literario de ciertos tramos de la historia local y nacional. La Batalla de El Ébano, en San Luis Potosí, la oposición revolucionaria al régimen porfirista de Abraham Bandala, en Tabasco, y la figura burlesca de don "Polo Valentino" (trasunto de don Policarpo Valenzuela, latifundista y tres veces gobernador de Tabasco en tiempos de Porfirio Díaz), significan, respectivamente, para los autores motivo de aproximación al complejo eslabón del hecho histórico, y lo hacen desde la memoria familiar, en el caso de Azuara Forcelledo; la intertextualidad como recurso, en lo que respecta a Hernández Gil, y desde el sarcasmo ficcionalizado, por lo que toca a Estañol.

En última instancia, Palimpsestos de tierra húmeda queda a deber al lector, no por lo que contiene, sino por lo que promete: una reinvención de la historia patria que, vuelta más bien recreación ficcional, acaba en la mayor parte de sus páginas por quedarse en simple atisbo imaginario.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Las dualidades esquivas en El libro vacío, de Josefina Vicens




El 23 de noviembre pasado se cumplieron cien años del nacimiento de Josefina Vicens (1911-1988), la escritora tabasqueña que consiguió colocarse en el firmamento de la literatura mexicana, particularmente a partir de la publicación de sus novelas El libro vacío (1958) y Los años falsos (1983). Se impone  perpetrar una relectura atenta de su obra, con miras a esculcar en su significación y su relevancia en el contexto de nuestra producción novelística reciente. Hacerlo, claro, amerita una aproximación atenta a cierto tramo de la vida de la escritora nacida en la otrora San Juan Bautista, capital del estado de Tabasco, pues no hay ninguna duda de que, en el caso de la también autora de guiones memorables para la industria fílmica nacional, el peso de ciertos acontecimientos clave en sus años de juventud y madurez influyeron determinantemente en el carácter de su breve, pero a un tiempo intensa, obra narrativa.

Este texto sugiere que la novela que en 1958 hizo merecedora del premio Xavier Villaurrutia a Josefina Vicens se encuentra construida sobre los cimientos de esa vieja dualidad literaria de la que, en su momento, echó mano la novela psicológica desde su aparición hace ya varios siglos. Con una particularidad: en El libro vacío la dualidad se presenta al lector como un recurso a medias, como un desdoblamiento suspendido entre el monólogo interior de José García, su personaje principal, y la decisión de la autora por profundizar, de un modo inédito en el contexto de la literatura mexicana, en la naturaleza esencialmente dual de sus criaturas narrativas.


El contexto vivencial

No abundan los datos biográficos que puedan permitir una aproximación más precisa a los años de Josefina Vicens en su tierra natal. En la mayoría de los textos en torno a su vida y obra, su figura se traslada de repente a los devaneos laborales, periodísticos y literarios por los que atravesó en la Ciudad de México, devaneos que con el correr de los años pasarían a formar parte de esa matriz creativa afincada en torno a la literatura, el cine, la burocracia corporativista, la música y la tauromaquia. Uno puede suponer, sin embargo, que la provincia lejana que era entonces Tabasco poco podría prometerle a un espíritu como el suyo, ajeno y distante a muchos de los convencionalismos de la época.

Hija de un matrimonio peculiar según las costumbres vigentes en su entorno inmediato (padre español, madre tabasqueña) y hermana de cuatro mujeres decididamente conformes con el rol social que se les había sido asignado, no es difícil imaginar a una pequeña Josefina  indiferente al escenario adverso que para el estado trajo la guerra civil posrevolucionaria. Enfrentadas las facciones que se disputaban encarnizadamente el poder, poco faltaría para que al término de las revueltas facciosas, en 1919, irrumpiera con toda su fuerza el garridismo y su brutal consigna desfanatizadora. La salida de la tierra que la vio nacer era, pues, quizá una consecuencia lógica si uno se atiene a las condiciones irrespirables que a la jovencísima Josefina Vicens hubieran dificultad el crecimiento de su talante intelectual y el posterior desarrollo de sus inclinaciones literarias.

Hay que decir, por supuesto, que en la ciudad de México que acoge a la escritora en ciernes que era Vicens se respira también un aire de transformación atropellada, a tono con esa época convulsa que siguió al fin de la Revolución iniciada en 1910. Son los años de los gobiernos posrevolucionarios y del Estado promotor de las artes y la cultura; del Estado benefactor que reparte prebendas a discreción entre corporaciones clientelares y que crea empleos sin recato, afanado como está en la construcción de ese "milagro económico" que, ahora sabemos, terminaría por ser efímero. Es de suponer que la joven Vicens se asoma a ese mundo efervescente, huyendo talvez de su provincia sumida en la intolerancia, y se azora ante lo que descubre tras las fachada progresista de la metrópoli. Encuentra allí las contradicciones propias del universo urbano que se devela frente a ella, pero encuentra, también, sus propias contradiciones.

Provinciana, sin dejar de serlo en sus primeros años de vida en la capital, con el paso de los años la futura narradora de escenarios citadinos se vuelve habitante de la gran urbe, pero late dentro de ella una escisión profunda que nunca acabará de concretarse. Aquí, en esta separación no realizada del todo, el germen de lo que en este texto he querido denominar como dualidades esquivas. En Josefina Vicens, en su vida y en su corta obra literaria, coexisten contrarios que parecen no anularse mutuamente, sino complementarse. El desdoble que supone la dualidad se padece con dolor y hasta con resignación, pero esa misma dualidad parece ser escamoteada a fuerza de recursos formales, -en el caso de El libro vacío- o de asunciones personales -en lo que respecta a las circunstancias biográficas de la propia escritora.

Si en lo que pudiéramos denominar dualidades puras los contrarios se excluyen de forma inexorable -la luz prescinde de la sombra, y viceversa; lo maléfico se aparta irremediablemente de lo beatífico, y lo contrario también es verdadero- en un conjunto de dualidades como las observadas en El libro vacío los desdoblamientos no dan la impresión de anularse uno a otro; antes bien parecen corresponderse y, aun, aludirse para funcionar plenamente como tales. Un señalamiento detenido de lo anterior nos obliga a interpretar, desde esta postura, algunos de los rasgos significativos de la novela más destacada de la escritora tabasqueña, y de su propia vida.


La escritura imposible

Llegada al epicentro cultural que siempre ha sido la Ciudad de México, la muy joven Josefina tardará algunos años en descubrir su vocación literaria. Se ocupará, primero, como empleada en diferentes instancias gubernamentales del gobierno cardenista y escalará, casi de manera inevitable, dentro de la estructura laberíntica del aparato estatal hasta encabezar organizaciones sindicales y políticas ligadas, en principio, a posturas de izquierda. Su cercanía con muchos hombres y mujeres "de a pie", trabajadores del campo, oficinistas y burócratas -representantes de esa enorme masa en ascenso, producto del "Estado benefactor" que tomaría las riendas del país antes de que concluyera la primera mitad del siglo XX- debe de haber sido para ella materia provechosa para sus narraciones posteriores.

México vive, como buena parte del mundo civilizado, cambios importantes en su composición socio-económica y político-cultural, y las dos guerras europeas que habrán de sucederse a partir de 1918, para terminar en 1945, acabarían por afectar de modo irremediable la discusión  filosófica en torno a la llamada "condición humana". En Francia, por ejemplo, de la mano de Jean Paul Sartre y Albert Camus, el existencialismo se pregunta cada vez con más fuerza por el sentido que tiene la vida, mientras que las nociones de la nada, el absurdo y la libertad se vuelven temas de reflexión corriente en el discurso filosófico de la época. En este período conflictivo que se extiende por decenios, Josefina Vicens enfrentaría el que sería, tal vez, el mayor de sus dilemas: asumir la escritura como eje constitutivo de su vida o alejarse de ella de modo irremediable. Optaría, para fortuna de todos sus lectores, por lo primero, pero no sin experimentar la conflictiva sospecha de haberse internado en un territorio hollado, penumbroso y siempre plagado de trampas.

La tabasqueña asumirá la escritura como un acto marginal, sufrible en la medida en que quien incurre en ella lo hace desde una contradicción que, tal vez, sólo el silencio remedie: la contradicción de ser uno mismo y ser los otros a través de la tentativa -¿ilusoria?- de escribir sobre  la experiencia humana, talvez de suyo incomunicable. Desde esa perspectiva, Josefina Vicens buscó solucionar la afrenta radical que para ella era el acto de acometer contra la página en blanco a partir del desdoblamiento que ya antes hemos señalado. José García, el protagonista de El libro vacío, puede ser visto -cierto- como la encarnación de un hombre medio, un hombre cualquiera, pero también como el alter ego de esa escritora tímida, casi avergonzada, que para publicar sus opiniones políticas o sobre su insobornable afición a la tauromaquia debía hacerlo bajo la falsa seguridad de un seudónimo; que prefería el anonimato de su trabajo como guionista a la vistosidad del cineasta y que, asaltada por el arrobamiento que le produce el éxito de su primera novela, decide posponer indefinidamente la escritura y la publicación de la segunda, también, para ella, inesperadamente celebrada.

Narrado como un diario que hace recordar los célebres diarios literarios escritos desde finales del siglo XIX, cuando personajes como Henri Frédéric Amiel, André Gide y Peter Handke inauguraron lo que puede considerarse como la autonomía diarista, El libro vacío es ante todo una estratagema concebida para narrar lo imposible: el silencio que habla, las palabras que no fluyen mientras el lector se desliza a través de ellas para interpretar la historia, y la soledad infinita que reclama la cómplice presencia de unos ojos leyendo más acá –también más allá– de lo visto entre líneas. Mirada así, la novela de Vicens es una breve, y a un tiempo vasta, indagación en torno a contrarios que no reniegan unos de otros. En ella, el llamado “cuaderno dos”, el que habrá de contener la obra definitiva, es el que en última instancia leemos mientras la narración no se detiene, pues de otro modo no habría historia posible, ni novela. Este cuaderno parece prescindir del “cuaderno uno” por su condición de cosa inacabada, pero acaba fundiéndose con él, pues la novela insiste en su carácter imperfecto, en su desdeñable impronta de mediocre palabrería.

Como en un juego de espejos, la escritora monta un “artefacto” que hace ver al lector una imagen que es el reflejo de otra y que sólo le hace ser partícipe de un proceso de construcción verbal en la ensimismada contemplación de sí mismo. Sobre la naturaleza artificiosa de la estructura  de diario en la ficción moderna, Hans Rudolf Picard ha escrito en su ensayo El diario como género entre lo íntimo y lo público:

El diario pasa a tener una función teatral parecida a la que en la escena tienen el monólogo o el aparte. Únicamente adquieren pleno sentido cuando tienen lugar en el ademán de la representación artística; mientras hacen como si no se dirigieran a nadie, en realidad se están dirigiendo a un público, o en el caso del diario, a un lector. Lo que en el auténtico diario era precisamente negación de presentación –es decir, intimidad– se convierte ahora en intimidad presentada. (p. 120).

Lo anterior me lleva a indagar sobre otra de las dualidades observadas en El libro vacío. En la novela, un personaje desdibujado, gris, como José García, se aleja de los otros, de su familia y del mundo para sumergirse en la isla desierta que es su propio conflicto. A estas alturas, nadie creerá, por supuesto, en lo tajante y radical de esa soledad. “Escribir es defender la soledad en que se está” –escribió la malagueña María Zambrano–, a condición, agregaría después, de que esa soledad redunde en un aislamiento efectivo, capaz de ser suprimido con los vínculos que sostienen al escritor con la vida y con lo que en ella acontece. José García –¿debería en este punto insistir en que lo mismo cabría decir de Josefina Vicens?– sabe que se miente a sí mismo cuando intenta el acto de la escritura onanista; sabe que si niega la presencia del lector, en verdad lo reconoce. Con otra particularidad: en el caso de El libro vacío, es probable que se asista a uno de los pocos reconocimientos explícitos de un desdoble en el que se quiere y, al mismo tiempo, no se quiere escribir para los demás. Un extraño querer que es un no querer y que, por ello mismo, constituye otro de los juegos sin resolución aparente de esta historia compleja, dentro de su sencillez endemoniada. Así se lee, por ejemplo, en uno de los fragmentos de esa construcción imposible que busca escamotear a cada paso su escisión inevitable:

Y eso es lo que hago. Un ‘yo’ que se ha secado por él mismo, no por sí mismo, y el otro, que lo sabe, sabe también que siempre encontrará alguna forma de robarle su última gota. Cuando eso ocurre comienzan los dos a escribir…Ya quisiera nombrarlos; poner un nombre a cada uno, igual que he puesto un número a cada cuaderno…Porque a veces, el ‘yo’ que hace lo que no quiero hacer, es al que en realidad amo, porque me desata de ese no terco y hermético al que estoy sujeto.

No voy a detenerme demasiado en la que considero la última de las grandes dualidades observables en esta obra capital. A su manera, Josefina Vicens encarnó desde su escritura, desde sus asunciones personales, una figura dual que no pudo sino reflejar honesta y consecuentemente en su obra y en su figura sus filiaciones y sus fobias. Amante de las palabras, tanto como del placer de padecerlas, hizo suyas las banderas de la crítica inteligente a la intolerancia sexual y asumió su propia naturaleza con un encanto discreto. Admirable por la contundencia con que lograría ser ella y sobrellevar la otredad en el plano ficcional, entendió las nociones de masculinidad y de femineidad conforme a las circunstancias de su época.

El libro vacío resuelve así, en resumidas cuentas, tal y como he querido sostener en este texto, contradicciones que, en el mejor de los casos, hubieran resultado ser abismos incomunicables bajo los códigos prescritos por la tradición literaria. Ése es, en mi opinión, el mayor de sus méritos: ofrecer en tan pocas páginas una idea cabal de las contradicciones que surcan, tantas veces confundidas en su admirable correspondencia, las cimas y los valles de la inefable alma humana.

Texto leído en el marco del Coloquio Internacional Josefina Vicens, organizado del 22 al 25 de noviembre de 2011 en la Ciudad de México por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, la Universidad del Claustro de Sor Juana y la Universidad Autónoma Metropolitana.

viernes, 21 de octubre de 2011

Teodosio García Ruiz, un breve asomo.



De su propia obra poética Teodosio García Ruiz  (Cunduacán, Tabasco, 1964) ha escrito: "Todo corazón, pasión y entrega, cada texto ha sido un vehículo de comunicación con mis semejantes, razón por la cual algunos me entienden y otro no...Todo ese proceso poético  es como la masticación de un fruto dulce en la boca de un tiranosaurio que no sabe un carajo del cultivo y  la estética del follaje pero disfruta del dulce comunicativo de la pulpa cosechada." Lo que quiere decir que, frente a García Ruiz, el lector se encuentra de cara a un poeta que deglute el lenguaje para transformarlo desde su personalísima perspectiva del mundo y desde el placer de una escritura que busca testimoniar el gozo que la origina.

En la obra de García Ruiz desfilan mujeres, niños, paisajes, alimentos, olores, ritmos, autores, melodías, lupanares, sensaciones, modismos, nostalgias, barriadas y un amplio universo simbólico, casi siempre ligado a la experiencia del hombre y la mujer ordinarios. En ese universo, la poética del autor de Sin lugar a dudas otorga singular significación a la "tarea de memoria" con la que debe cumplir toda tentativa escritural, por lo que no es de extrañar en sus libros la persistente presencia de referencias literarias y extraliterarias fácilmente confundibles con ese provincianismo del que sólo una crítica parcial podría acusarlo.

En ese sentido, Teodosio García Ruiz quizá sea el escritor tabasqueño que más a últimas fechas ha ahondado en la búsqueda de la mejor expresión del carácter local, pero no puede dejar de apreciarse por eso que el "encuadre" de su mirada trasciende este ámbito para enriquecerse a lo largo de los años con la asimilación de lecturas y autores, tanto como por la contumacia de su vocación al servicio de la lectura. Animador y promotor entrañable de las letras en Tabasco, la de Teodosio García Ruiz constituye desde tiempo atrás una figura ineludible si se quiere comprender la naturaleza y significación de la moderna literatura tabasqueña.

miércoles, 29 de junio de 2011

Poesía y reescritura: El cargador de juguetes, de Vicente Gómez Montero


Vicente Gómez Montero, El cargador de juguetes, GUESA Ediciones, México, 2010, 39 pp.

Contra lo que la portada de El cargador de juguetes -el más reciente título del narrador y dramaturgo Vicente Gómez Montero- sugiere, el autor de Las puertas del infierno no entrega al lector en este libro una novela. El brevísimo cuerpo del volumen constituye, probablemente, una de las más serias tentativas de su autor por adentrarse en los meandros de la creación poética, de modo que la pertinencia de su apuesta, la audacia o la reserva de su trazo deben ser apreciados desde los códigos -siempre desdibujados y proteicos- de la poesía en tanto género literario.

Gómez Montero (Veracruz, México, 1964), se ha propuesto reescribir en unas cuantas páginas el milenario mito bíblico de los magos de Oriente en su viaje legendario tras las huellas del Mesías. Al hacerlo, y en la medida en que a lo largo del texto la referencia al "rey" y a los "reyes" constituye el eje articulador de la historia que poéticamente cuenta, el autor parte de una tradición eminentemente religiosa. Ya se sabe que en la Bíblia, el Evangelio de Mateo es el único que hace mención de unos "magos" que -probablemente provenientes de Persia, Babilonia o Asia- atraviesan el mundo hasta entonces conocido sólo para adorar a quien habrá con el tiempo de convertirse en "el rey de los judíos", así que la noción a partir de la que Gómez Montero reescribe la leyenda no puede sino corresponder a un credo asimilado, enriquecido por la imaginería popular y las distintas interpretaciones del episodio bíblico.

En su licencia por recrear, el autor llega al punto de fundir un tiempo mitológico, surcado por alusiones claras al principio de los tiempos, y un tiempo que transcurre en medio de los avatares del personaje principal del poema-narración en que acaba convertido el texto en su conjunto. Así, en el espacio en que el cargador de juguetes, convertido por obra de la historia en detentador de la potestad de encontrar otros "reyes" que suplan a los tres originales de la leyenda, coexisten los mercados, los diarios, la televisión y los paisajes insomnes, aquellos que podrían tener un sitio en el entramado del tiempo, o no tener ninguno.

Se diría que, si alguna virtud habría que reconocerle a este "delicado" ejercicio del narrador avezado que es Vicente Gómez Montero, tal vez este juego de interpolar espacios y trastocar coordenadas temporales constituya -junto con su lenguaje calmo y vigoroso- lo más celebrable del volumen. En ese juego el autor corre el riesgo de convertir a la historia en simple reescritura ininteligible y es eso mismo lo que aparta, apenas perceptiblemente, al texto de ser una novela breve construida sobre los cimientos de la alegoría.

Escrito como una "cosilla" que recuerda la intención con que Pellicer escribió aquellos célebres poemas en honor al nacimiento de Cristo, El cargador de juguetes quizá sólo adolece de la problemática aparición de un par de personajes -una presencia femenina que poco aporta en su difuminado ser al decurso de la historia ("Ella vino por ese tiempo. Doblegó hambre, lujuria y soberbia; fue amada por quienes se dijeron divinidades...") y la figura de un "maestro" (¿trasunto del propio Pellicer?), inexplicable en el contexto de la leyenda transfigurada. Con todo, la poesía detrás de la dilatada escritura del narrrador Gómez Montero ha logrado asomarse con buen tiento en este opúsculo; lo ha hecho sobre los hombros del lenguaje. Nada despreciable en una obra dada al fárrago del drama. Y a su vértigo.


lunes, 13 de junio de 2011

Breve tributo a Salvador Córdova León (1953-1996)



Mi amigo, el poeta Ervey Castillo, me pide que escriba una pequeña semblanza del maestro Salvador Córdova León para el periódico Tabasco Hoy. Le respondo que sí, que la escribiré, y entonces me pongo a pensar en las cosas que, en tributo al maestro, pueden apenas esbozarse. A Salvador Córdova León (Villahermosa, Tabasco, 1953) lo conocí en el taller literario de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Yo cursaba aún el primero de los años de la carrera de economía  y mi arribo al taller donde se fraguaban letras y -eventualmente- se forjaban vocaciones al servicio de la literatura fue más un accidente que una elección para encontrar un camino.

El maestro Córdova era un hombre afable. Escuchaba con delicadeza y atención los textos de quienes irrumpíamos, a veces con más audacia que logros, en el universo de la escritura y siempre ponía a nuestra disposición lecturas y libros, recomendaciones y enmiendas que no apuntaban sino a perfeccionar en escritores en ciernes, como los que entonces pretendíamos ser, las habilidades que el poema o el cuento, la breve línea o el aforismo requerían para su existencia como formas verbales en pleno. Nunca olvidaré el  impacto definitorio que para mi comprensión de la palabra poética tuvo, en voz del maestro, la lectura del breve poema En una estación del metro, del poeta norteamericano Ezra Pound:

                               The apparition of these faces in the crowd;
                                petals on a wet, black bough

                                [La aparición de estos rostros entre la muchedumbre
                                pétalos en una húmeda, negra rama]
             
Allí, en la economía de palabras y en la intensidad de la imagen, el credo poético que el maestro -años después lo supe- asumiera como fundamento de su corta obra, y allí también el aliento  preciso, despojado de ornamentos, que él apreciaba en los distintos trabajos leídos en su taller.  Poundiano como al final del cuentas era, ahora me queda claro que la poesía de Salvador Córdova León encarnó, en su momento, una tarea no siempre a tono con la estética dominante entre los miembros de su generación y era la suya una búsqueda lúdica -tantas veces contrastante con su figura estoica, gravemente irónica- de la metáfora exacta y luminosa.

Un día, alguien en la universidad nos avisó que el maestro Córdova León había enfermado. Desasosiego, incertidumbre, pesar por su ausencia entre quienes lo conocíamos. Otro día el rumor, apenas contenido, de su partida irremediable. El maestro Córdova León terminó por dejar este mundo un día grisáceo de 1996. Sobrevive entre nosotros su varia, varia invención, la chispa y la semilla que sembró en quienes lo tratamos con ese "corazón envuelto en llamas", enloquecido una vez, y para siempre, por la pasión y la palabra.